domingo, 20 de mayo de 2012

Amor se llama...

El momento preciso en que una mano acaricia un rostro.
El instante en que algunos dedos se enredan en cierto cabello.
La precisión con que los cuerpos se tropiezan, se sienten, se fusionan.
Sonrisas que surgen de un pacto de complacencia entre dos.
Magia que solo encuentran las miradas, allí donde todo resulta dicho.

Lu* Galeano.-

lunes, 9 de abril de 2012

Un mágico antifaz...

Se compró un antifaz. Decía que era de esos que al usarlos, podía cambiar la percepción del mundo. Podía modificar la manera de ver, pero no de manera superficial, realmente hacía que todo se viera y se sintiera diferente.
Con orgullo, cada mañana al despertar, colocaba el antifaz ante sus ojos y salía a enfrentar la vida que le había tocado en suerte. Tranquilo, porque aquel maravilloso objeto le daba a cada circunstancia un color particular.
Aquella fue una tarde como cualquier otra, llena de alegría, paz y tranquilidad. Solo un pequeño detalle podría haber modificado la cotidianeidad del asunto. Era un sentimiento nuevo, algo indescriptible para él, para lo que, con solo palabras no alcanzaba. Alguien le sugirió que a ese sentimiento solían nombrarlo de un modo parecido a una palabra que si mal ese alguien no recordaba, era amor.
Amor, se decía, era un algo que te mantenía todo el día con una sonrisa. Que modificaba el modo en que se amanecía y al mismo tiempo el que te permitía conciliar el sueño. También podía transformar tu cara en la misma que tenía un perfecto idiota, pero con la salvedad de que ese rostro podía generar sonrisas en aquellos que lo veían. Era como contagioso, una enfermedad duradera, pero algo que el común de la gente quería padecer.
Así que eso era. Perfecto, se dijo, entonces continuaré del mismo modo que hasta ahora. Sin embargo, todo había cambiado. A eso, sumado que su antifaz exacerbaba a una máxima potencia de felicidad cada sensación agradable, y tenía el plus de poder convertir todo lo malo en algo bueno. Tan sencillo como eso.
Saltando, bailando, corriendo, cantando, sonriendo, iba por la vida. Sin importar lo que ocurría a su alrededor. Tanto era así, que una noche se topó con una hermosa muchachita que le advirtió que tenía que tener más cuidado al salir a la calle, ya que era muy peligrosa y cosas horribles sucedían a menudo. Pero él contestó muy amablemente que no tenía por qué preocuparse, él tenía un antifaz, y con eso bastaba. La muchachita entonces, se acercó aún más, acarició su mejilla y entre tanta confusión, le arrebató el antifaz y huyó.
Fue así, que una catarata sin fin de sensaciones comenzó a invadirlo, cada una hacía que un dolor indeseado lo atravesara por completo sin piedad. Pero lo más terrible surgió en el preciso instante en que aquello a lo que llamaban amor, le mostró su otra cara. Ese sentimiento que su antifaz hacía parecer lo más maravilloso del mundo se había contaminado, estaba colmado de palabras sin sentido, de preocupaciones innecesarias, de supuestos y hasta de distancia.
No lo soportó, notaba como poco a poco iba marchitándose. Pensaba en su antifaz, pensaba en la muchachita que lo engañó, y comenzó a caminar sin rumbo. A la vuelta de la esquina la vio, la encontró sentada bajo un árbol, sostenía el antifaz con su mano izquierda mientras millones de lágrimas recorrían su rostro. Lo miró fijo y le dijo que no podía soportar tantas sensaciones maravillosas porque ya conocía y llevaba en su memoria los más humillantes y dolorosos sentimientos. Una vez más acarició su mejilla, le colocó el antifaz y le susurró al oído: -Adelante, usalo, ya sabes que el amor tiene dos caras, pudiste conocerlas, pero aún así estás a tiempo. Todavía podés dejarte engañar.


Lu* Galeano.-

miércoles, 4 de abril de 2012

Para no recordarte...

Para no recordarte, me esforzaré a cada instante por no sentirte.
Para no recordarte, intentaré olvidar cada beso y cada caricia.
Para hacerlo tendré que olvidar tu mirada y borrar tus sonrisas.
Para no recordarte, dejaré de sentir tu pelo enredándose entre mis dedos.
Me esforzaré por olvidar el perfume de tu piel y obligaré a mi corazón a que deje de latir por vos. Para no recordarte, tendré que detener el tiempo en el instante en que mi alma supo que debía volver a encontrarte.
Para lograrlo, derramaré una a una cada lágrima que llevará tu nombre.

Lu* Galeano.-



miércoles, 28 de marzo de 2012

¿Quién apagó la luz?

¿Qué pasa? ¿Por qué todo está tan oscuro? ¿Quién fue? ¿Quién apagó la luz? No veo. No veo nada. Yo venía caminando, el camino era hermoso. Lo recuerdo rodeado de arboles inmensos, el cielo celeste, un celeste que jamás había visto, lo recuerdo y se me eriza la piel. Había también un sol, un sol que iluminaba, una luz que marcaba el recorrido. Y se escuchaban risas, podía percibir alegría, podía sentir amor. Yo caminaba por allí de la mano de la felicidad. Todo lo que intentaba anteponerse se desvanecía en el instante que me miraba a los ojos.
Pero se apagó. La luz se apagó. El cielo, ya no lo veo. Las risas no se escuchan. Todo se detuvo. Y no puedo seguir. Ya no veo por donde camino. Tengo miedo. Tengo miedo de tropezar y caer. Ya no veo. No puedo darme cuenta en dónde se esconde cada obstáculo. ¿Y si me choco con alguno de ellos? No quiero lastimarme. Ya nadie puede verme a los ojos, porque está oscuro, porque no se ve, porque alguien apagó la luz. ¿Quién fue? ¿Quién apagó la luz? Fui yo…



Lu* Galeano.-


viernes, 16 de marzo de 2012

Algo que contar...

Siempre quiso tener historia. Deseaba que algún suceso extraordinario le atravesara la vida.
No pretendía ser reconocida por su profesión, ni haber hecho una obra magnífica durante su estadía en el planeta, pero quería tener historia.
Deseaba poder sentir eso que le daba escalofríos cuando veía en una película que un amor imposible se concretaba, deseaba tener la misma sensación que tenía cuando abría un libro y descubría que en la última página, ese final predecible, estaba esperando allí para ser leído.
No quería que sus años transcurrieran sin nada que contar, sin dejar una marca. Deseaba tener historia, una historia inolvidable. Algo que decir cuando al final del camino le preguntaran si valió la pena. Si valió la pena el sufrimiento, el dolor con el que tuvo que enfrentarse; y algo por lo que pudiera responder que todo eso fue valioso porque a partir de ese instante alguien le habría otorgado la maravillosa oportunidad de tener eso que tanto anhelaba, una historia, su historia.

Lu* Galeano.-



martes, 6 de marzo de 2012

Media hora...

Faltaba media hora para que su despertador sonara, había dormido unas seis horas que le parecieron tan solo cinco minutos. La luz de su velador estaba encendida desde la noche anterior, como todas las noches, siempre le temió a la oscuridad y aunque muchos le sugerían que ya estaba grandecita para dormir con la luz prendida, nunca les siguió la corriente, solo ella sabía dónde se alojaba aquel temor y creía que nadie podría comprenderlo.
Mientras recorría con su mirada toda la habitación, pensaba en la rutina, pensaba en que aquel sería otro día igual a cualquier otro, sin sorpresas, sin alegrías, luchando contra sus miedos, fingiendo a cada minuto ser lo que algún día fue, aquella muchachita tierna y dulce que todos conocían.
A pesar de intentar quedarse en su cama por toda la eternidad se levantó, todavía le quedaba media hora para comenzar a desayunar, vestirse, maquillarse y estar lista para salir, así que decidió que sería preciso ensayar aquel acto que tenía que presentar y que había estado alojado en su cabeza hacía ya varios días. Se lavó la cara y se paró frente al espejo del baño, corrió el flequillo de sus ojos y con una postura firme empezó a esbozar las primeras muecas.
En principio se esforzó para que sus hombros se mantuvieran alineados el tiempo que durara la presentación, practicó de qué manera se mostrarían sus ojos y resolvió que una mirada que simulara seguridad sería perfecta, decidirse por uno de sus perfiles fue lo que más le costó, de modo que concluyó en que una actuación de frente sería casi ideal.
Sus dientes eran perfectos, el color y la forma de sus labios ayudaban a la causa, pero no debía exagerar, ya que sus sentimientos se dejaban ver a menudo muy frágiles, provocando lo que justamente intentaba evitar.
El tiempo se le acabó, comenzó a prepararse para salir, cuando estuvo lista abrazó a su perro esperando encontrar algún tipo de alivio para su alma, y después de un largo suspiro atravesó aquella puerta.
El viaje duró lo de todos los días, alrededor de cuarenta minutos. Bajó despabilándose porque aprovechaba ese tiempo para dormir, aunque su cabecita intentaba convencerla de que el tiempo era ideal para hacer alguna lectura, el traqueteo del transporte público era su canción de cuna predilecta.
Cruzó la avenida en dos etapas como acostumbraba, abrió la puerta del edificio, subió algunos escalones, caminó por el largo pasillo, se topó con la segunda puerta y allí estaba, lista para la actuación. Relajó todo su cuerpo, en especial los músculos de su cara y lo logró. La actuación fue perfecta, una sonrisa ideal.


Lu* Galeano.-


domingo, 26 de febrero de 2012

Cuento negro para infantes.

Había una vez un pueblo lejano en el que vivían dos hormiguitas muy, pero muy trabajadoras. Ellas estaban siempre sonrientes y felices de amanecer cada nuevo día para volver a sus labores.
Solían despertar bien temprano para buscar sus alimentos, y cuando el sol caía, las hormiguitas regresaban satisfechas a su humilde morada. Sus vidas transcurrían siempre del mismo modo, su rutina se repetía día tras día, semana tras semana, mes a mes.
Pero una tarde, todo cambio. Al regresar después de trabajar podían percibir que algo extraño estaba ocurriendo. Entraron a la casita, dispuestas a preparar una rica merienda, cuando todo comenzó a temblar, el suelo, las paredes, pedacitos de cielo raso caían sobre sus pequeñas cabecitas. Se asomaron sigilosamente por la ventana y allí lo vieron, un señor inmenso tomaba con su enorme mano su diminuta casita y de a poco empezaba a agitarla.
Desesperadas, las hormiguitas intentaron librarse de la crueldad del señor inmenso, pero todo intento por escapar fue en vano. El señor inmenso agitó, agitó y nunca dejó de agitar la casita.
Te preguntarás qué ocurrió con las pequeñas hormiguitas, si acaso escaparon de aquellas enormes garras. Lamentablemente no, ellas no pudieron librase del señor inmenso y partieron, dejaron así este cruel e injusto mundo.


Lu* Galeano.